Umbral, Dylan, Benjamin y Allen: póker radiofónico

Publicado por María Jesús Espinosa de los Monteros en la revista Jot Down.es

"La radio como refugio; pequeño, pero seguro"


  • "La radio es la voz lanzada con pértiga directamente a nuestros oídos"
  • "Poco se ha hablado, sin embargo, de la radio como adicción"
  • "Walter Benjamin, como buen amante de la radio, fue siempre un solitario" 
  • "Umbral, como buen detective, siempre sospechó que la radio y el fútbol fueron las grandes armas de manipulación de Franco"
  • "Abominaba de los seriales como Ama Rosa El consultorio de la señora Francis, contenidos que distribuían 'cosmética moral de fabricación casera'"
  • "Muchos no supieron lo adictiva que era la radio hasta que vieron la película de Woody Allen 'Días de Radio'"
  • "Bob Dylan se descubrió en su show como un inmejorable locutor que adhería a su narrativa radiofónica ciertas dotes de juglar"


La radio ha sido siempre —por razones inconcretas y algo arbitrarias— un refugio pequeño pero seguro. Cálido en la mayoría de ocasiones. Los grandes nombres de la intelectualidad y la cultura han mostrado una tímida afección ante este medio que nació, indiscutiblemente, con la vocación de abrigar las entrañas. La radio es la voz lanzada con pértiga directamente a nuestros oídos. A nuestras mentes. Tuvo a menudo cómplices y amantes. Algunos la desearon por las noches; otros la emplearon para explicar a los niños que el dolor llegará y habrá que combatirlo; casi todos creyeron, en definitiva, que con ella cerca no importaba andar desnudo por la casa. Por el mundo.

Radio Days, 1987. Imagen: Orion Pictures, publicada en Jot Down.es
Poco se ha hablado, sin embargo, de la radio como adicción, como cadena permanente a la que el oyente se sujeta para comprender ese mundo por el que deambula desnudo. Algunos de esos tipos que supieron advertir en la radio un melancólico asilo en el que cohabitaban ficciones, piezas musicales, narraciones extraordinarias, voces hondas o silencios subyugantes fueron Walter BenjaminBob DylanWoody Allen y Paco Umbral. Lo que sigue no es más que el resultado de un sueño reciente de la que escribe: el de un programa radiofónico —imposible y fabuloso, titulado Lo que nunca decimos— en el que estos cuatro domadores de palabras encontrarán acomodo.

Un refugio pequeño pero seguro.


Walter Benjamin: la radio como juguete

En una de las obras más singulares de Walter Benjamin, Juguetes antiguos (1928), el filósofo alemán afirmaba que jugar siempre suponía una liberación para niños y para adultos:

Al jugar los niños, rodeados de un mundo de gigantes, crean uno pequeño que es el adecuado para ellos; en cambio el adulto, rodeado por la amenaza de lo real, le quita horror al mundo haciendo de él una copia reducida.

Benjamin supo que la radio podía ser una forma de juego que proporcionaba herramientas precisas para el pequeño mundo adecuado en el que debían habitar los niños. Es por ello que a finales de los años veinte, poco antes de la llegada del nazismo, Benjamin se puso a escribir programas de radio infantiles. Les leía cuentos, reflexionaba sobre injusticias sociales y explicaba por qué determinados desastres naturales de la historia eran invencibles. Desde el final de Herculano y Pompeya, el terremoto de Lisboa, el incendio del teatro de Cantón o la catástrofe ferroviaria del estuario del Tay… cualquier hecatombe pasaba por el filtro benjaminiano y era inoculada, a través de la radio, a las mentes más jóvenes de Alemania.

Walter Benjamin. Fotografía cortesía de UNSAM para Jot Down. es
Imaginen un 23 de marzo de 1932 a las cinco y media de la tarde. Los niños acurrucados en torno a un transistor e irrumpe de pronto la voz de Walter Benjamin hablando directamente a aquellos seres que iban a presenciar el genuino horror solo unos años después:

Hace ya mucho me propuse contaros alguna vez la historia de la sociedad secreta más grande y peligrosa de América, al lado de la cual las actividades de todas las bandas de contrabandistas de whisky y de todos los gánsteres son un juego de niños: el Ku Klux Klan. («El desbordamiento del Mississippi», Radio Benjamin, Editorial Akal, 2015).

Ese mismo año, 1932, el filósofo pasó un tiempo dorado en Ibiza junto a una misteriosa mujer. Olga Parem era una atractiva germana con ascendencia rusa que conoció cuatro años antes gracias a Franz Hessel. Lo más insólito de la incursión de esta mujer en la vida de Benjamin tiene que ver con la recuperación de unos cuentos infantiles. Ola, como la llamaban sus amigos, había declarado delante del juez que dirimía el divorcio de Benjamin de su mujer, Dora Sophie Pollack. Ella intercedió para que Benjamin recuperara una colección de cuentos infantiles que le habían servido para forjar su personalidad y su construcción más intelectual. Finalmente, los libros se los quedó Dora, pero Olga supo desde aquel instante que nada es comparable a aquellos relatos que nos han hecho comprender el pequeño mundo adecuado de los niños. A Olga le pidió Walter matrimonio. Ella se lo negó, pero jamás se olvidó de su sonrisa:

Una revista de consulta imprescindible
Su risa era mágica; cuando reía, todo un mundo hacía su aparición. (Walter Benjamin. Historia de una amistad, Gershom Scholem, Editorial Debolsillo).

Walter Benjamin, como buen amante de la radio, fue siempre un solitario. Como lo hubiera sido Kafka, cuyos extraños relatos —siempre en el interregno de lo divino y lo demoníaco— hubieran tenido —y tienen— un notable potencial sonoro.  Los guiones de Benjamin eran intolerablemente precisos, vívidos y de largo alcance. No los vulgarizaba, sino que, arrastrado por la fascinación y curiosidad que definió su existencia, reflexionaba con los niños acerca de ese misterio que resulta vivir.

Lo cierto es que la faceta de creación radiofónica es posiblemente la menos conocida de este pensador que entendía el medio —concretamente el micrófono— como un narrador omnisciente que despliega sus límites recogiendo voces en una meridiana vocación de vigilancia. Así pues, los guiones radiofónicos de Benjamin poco tienen que ver con el infantilismo y la dictadura de lo correcto imperantes en su tiempo. Él podía narrar el terremoto de Lisboa o el incendio del teatro de Cantón sin remilgos ni adornos. Parafraseando una de sus citas, «somos pobres en historias memorables contadas en la radio». Benjamin quiso combatir esta ausencia con narraciones como Los alborotos de Kasper o El corazón frío, en los que juega deliberadamente con la «ceguera» de la radio, imponiendo determinados límites visuales y forzando a los personajes a ponerse en la misma situación que los oyentes, revirtiendo el orden lógico.

Por último, Benjamin supo detectar como pocos la tiranía y crueldad de un acto tan aparentemente inocente como apagar la radio: «Nunca un lector ha cerrado un libro que había comenzado a leer tan decididamente como los oyentes de la radio [apagan] su aparato minuto y medio después de escuchar un programa hablado».

Paco Umbral. Fotografía: Cordon Press publicada en Jot Down.es
Paco Umbral: la cantinela de la vida

Los mensajes nocturnos de Paco Umbral en la radio tenían algo de epifanía joyceana; manifestaciones líricas que, con una voz cavernosa, narraban lo sucedido en la actualidad del momento o rescataban del olvido algún personaje o hecho concreto. Umbral mostraba, en aquellas columnas radiofónicas, unos cuantos instantes privilegiados que convendría aprovechar. Antes de irse a Madrid y antes de llamarse Umbral, el autor de Mortal y rosa dejó Valladolid por una ciudad más pequeña: León. El escritor no sabría que allí encontraría —literalmente— su voz. Su primo, José Luis Perelétegui, era director de Radio Falange —después Radio León— y le propuso trabajar de administrativo en aquel medio. Umbral supo adivinar que ese trabajo solo era el comienzo de una larga trayectoria periodística. Perelétegui, por su parte, tenía su plan secreto: que Umbral desbancara a Victoriano Crémer, la estrella del momento con su programa Luces de la ciudad. Entre 1958 y 1961 Umbral vivió en León y coincidió con grandes mitos de la radio como Luis del Olmo. En La Voz de León pergeñó diversos espacios radiofónicos entre los que destacaba Buenas noches, una serie de columnas dedicadas a personajes históricos como el pintor Van Gogh:

Buenas noches, Van Gogh, loco resplandeciente del arte nuevo, buenas noches. Todo el grupo genial y precursor habéis vuelto a reuniros como espíritus convocados por el golpeteo rítmico del martillo subastador. Con ocasión de una reciente subasta londinense vuestros nombres han sonado juntos una vez más. Cézanne, Manet, Van Gogh… Los de siempre, el núcleo inventor y disparatado de donde iba a salir el arte de nuestro tiempo. (Diario de un noctámbulo, Editorial Planeta).

Otras columnas noctívagas ya buceaban en el estilo lírico pero punzante que, años después, estamparía en todos sus libros y artículos:

Buenas noches, junio, mes de verdor y oro, mitad primavera y mitad estío, híbrido de musa y atlante, centauro de torso adolescente e ijares de cobre, buenas noches… (Diario de un noctámbulo, Editorial Planeta).

Y, por último, Umbral parecía poseer ya ese ritmo, esa cadencia radiofónica que se incrustaba en los oídos del oyente para nunca salir de ellos:

Buenas noches, sueño, grato traidor de cada día, buenas noches.

En realidad, este saludo de todas las noches se mete diariamente en tu terreno, invade tus aguas jurisdiccionales, quiere ser una última osadía retórica a la orilla misma de la marea que va a subir, de la silenciosa marea del sueño, y por eso tú, camarada sueño, estás siempre al fondo de nuestras palabras, como el mar está al fondo de las palabras del poeta. (Diario de un noctámbulo, Editorial Planeta).

María Jesús Espinosa, autora de
este artículo y Jefe de
Proyecto en Podium Podcast

Todas las columnas noctámbulas umbralianas confirman una de las tesis más extendidas en el mundo del transistor: que la radio, de noche, es un poco más radio. Es decir, que nada como la radio para acompañar a los solitarios. Umbral lo detectó quizás porque era uno de ellos. Su tono invitaba siempre a la confidencia, la murmuración y el susurro.


La asociación del escritor con el medio radiofónico ha permanecido, a lo largo del tiempo, sepultada. Sus novelas y, fundamentalmente, sus artículos de prensa ensombrecieron gran parte de esta corriente periodística que, ahora lo sabemos, fue esencial para su construcción posterior, pues la radio para Umbral era una suerte de laboratorio en el que ensayaba una disciplina férrea que le acompañaría toda la vida: la columna diaria. O lo que es lo mismo: la gimnasia del escribiente. Al principio escribía para otros locutores. Tiempo después y con la confianza ya puesta se decide a ponerles su grave voz. Allí dejará de ser Francisco Pérez para convertirse en Paco Umbral. Ese periodo de aprendizaje y formación fue crucial para jugar con los estilos y temas: crónicas de actualidad, columnas, noticias, relaciones con fuentes e instituciones públicas. Tal y como se recoge en el libro de conversaciones Umbral. Las verdades de un mentiroso ilustre (E. Martínez Rico, 2003), el periodista reconocía que «en León empecé a amanecer». Y aunque hablaba de madrugar, también podemos atisbar un despertar netamente profesional. Periodístico. Columnista.

Umbral, como buen detective, siempre sospechó que la radio y el fútbol fueron las grandes armas de manipulación de Franco. Es por eso que detestaba la radio franquista censurada y maquillada para la ocasión. Una radio que se nutría de concursos y folclóricas que entretenían al pueblo. Pero, ante todo, abominaba de los seriales como Ama Rosa o El consultorio de la señora Francis, contenidos que distribuían «cosmética moral de fabricación casera». Esa misma radio, escribió Umbral en el periódico El País un domingo 3 de febrero del año 1980, era la que había «hecho suya, con una rapidez y fervor emocionantes, la nueva libertad de expresión». De este alegato triunfal del medio se desprendía una teoría nada descabellada si se piensa con esmero: «Hoy, si hay democracia en España, está en el aire, no solo por el riesgo, el clima y el subconsciente colectivo, sino también por la realidad continua, fugaz, parlanchina y testimonial de la radio. Viva la radio». La radio caliente de Umbral te cogía de la mano para llevarte a las oscuridades de la noche. Y así, hablando un día de las geografías del alma y otro de las cantinelas de la vida, supo poner la primera piedra, la más maciza tal vez, del que ha sido, sin duda, uno de los mejores periodismos literarios de nuestro tiempo.



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