La sokatira por los canales calienta la pelea en la industria radiofónica
- Durante los comienzos de la reciente historia de la radio distribuida por internet recuerdo cómo desde las diferentes grandes cadenas se apostaba por la transmisión hertziana como canal prioritario y por internet como canal -defendían- “complementario”. Al principio, se veía la red como el enemigo, costó que la industria se diera cuenta de que hoy es una gran aliada
- Con el paso de los años, el peso del canal online para la radio ha supuesto, en la escucha de radio lineal, tan solo un 14%, con más de tres décadas de recorrido de esta alternativa. La industria le suma, interesadamente, para apoyar la ansiada digitalización del medio, otro 7,5% acumulado por el consumo de pódcast, o sea, consumo asincrónico
- Da la impresión de que la industria radiofónica española persigue, como si se tratara de una deidad de la modernidad, asociarse, como medio, al término mágico del siglo XXI, hablo de la ‘digitalización’
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| Imagen de la sokatira entre diferentes industrias, que se disputan el auténtico gran mercado del audio, que sigue siendo la radio (Imagen creada por IA, gracias a Chat GPT) |
La radio tiene el mejor producto (no olvidemos que el contenido sigue siendo el rey, aunque la distribución sea, hoy por hoy, la reina), tiene el canal y tiene los oyentes. Creo que está claro lo que tiene que hacer: luchar por su incuestionable valor diferencial como medio autónomo por su relevancia e influencia. Y, desde luego, la digitalización no puede entenderse como una cesión del control del canal, sino como una coexistencia complementaria con el canal online, y la adopción de una tecnología digital para asumir la transmisión hertziana, bajo su control exclusivo. Lo contrario sería el suicidio. La radio pública lo tiene claro, se debe a los ciudadanos. Es muy esperanzador que la radio privada haya formado un frente común con los públicos en defensa de la obligatoriedad de los receptores de FM y DAB+ en los automóviles comercializados en Europa. Este, y no otro, es el camino: el de la fuerza incuestionable de toda la radio, unida en torno a su propia identidad
En
2025 tuve la oportunidad de charlar con jóvenes estudiantes de Comunicación de
la Universidad de Deusto, en su campus de San Sebastián, y les transmití un
mensaje: "Una
brecha generacional se reparte la radio y el pódcast". Me atreví
en aquel amable marco universitario a afirmar que “la nueva realidad subraya
una marcada brecha entre las generaciones más veteranas, que siguen muy fieles
a la radio, mientras que las nuevas la ignoran en su versión en directo, pero
la consumen en pódcast, paradójicamente". Y añadí un ejemplo que
considero paradigmático: el pódcast más escuchado en España es "Nadie
sabe nada", con Andreu Buenafuente y Berto Romero, que
es un programa que la SER emite en directo los sábados a mediodía, "y
no todos los que lo escuchan en su versión pódcast saben que es un producto de
la radio".
Los oyentes siguen eligiendo la FM masivamente
La, insisto, ansiada ‘digitalización’ externa (porque
el proceso interno de la digitalización hace muchos años que se alcanzó)
se asocia en muchos casos con la panacea del medio, como si fuera el bálsamo
de Fierabrás cervantino, la solución a todos los problemas que acarrea
la radio relacionados con su propia supervivencia. Si en los comienzos de la
historia del canal de distribución de audio a través de internet la tecnología
sufrió todo tipo de problemas, relacionados más bien con la capacidad de las
redes que a menudo se cortaban, provocando frustración entre la audiencia, sin
obviar el elevadísimo coste de las primeras redes de telecomunicaciones que
aportó Telefónica, hoy en día -por fortuna superados estos problemas-
los oyentes, que son los que mandan, siguen eligiendo mayoritariamente la
frecuencia modulada como el canal dominante de la radio española. Las grandes
empresas radiodifusoras valoran mucho más, todavía, un poste de FM que su canal
online, aunque a muchos esta migración tan lenta les disguste sobremanera.
Todavía (no sé qué ocurrirá en el futuro) la accesibilidad a la radio resulta más cómoda eligiendo el canal tradicional (FM) que su alternativa por internet (IP). En el mismo coche, un lugar estratégico para el consumo de radio en el mundo, no es igual darle a un botón (y a menudo ni siquiera es necesario si el encendido de la radio está asociado a la ignición del vehículo) que conectar el móvil al coche, mediante bluetooth o, peor, el cable USB, y elegir la emisora correspondiente. Es cierto que este proceso terminará siendo más cómodo y accesible. Pero hay más inconvenientes: la escucha de la radio por internet consume batería y nos resta horas de consumo para otras actividades con el móvil. Los fabricantes de smartphones han ido paulatinamente suprimiendo los sintonizadores de FM, argumentando que el coste se disparaba innecesariamente, cuando la radio también se podía escuchar a través de internet, claro, a través de una suscripción de pago, que evita la gratuidad y persigue el negocio.
La radio pública y su canal predominante
Las radios públicas europeas, incluida la española y las
autonómicas, plenamente convencidas de que la digitalización de la radio es un
objetivo a alcanzar, no ven sin embargo en internet la solución a este proceso.
Los privados, por el contrario, pontifican que internet es el gran tótem
tecnológico que va a construir la nueva radio del futuro. Dos posturas
encontradas ante el canal. Y la misma palabra, de nuevo, en el centro del
debate: ‘digitalización’. ¡Anda ya, con la palabreja!
Desde hace más de cien años, la radio ha sido dueña de su propio canal, que le ha supuesto, además, una clara diferenciación del resto del mercado. Primero fueron las ondas largas (OL) y las cortas (OC), luego la onda media (OM), la frecuencia modulada (FM) y, por último, y hasta la fecha, la DAB y la DAB+, su evolución. Quien controlaba este canal era la propia radio, cada cadena gestionaba sus propios postes. Y todo el proceso (producción, emisión y difusión) quedaba en las manos de la propia industria radiofónica. Con la llegada de internet y el surgimiento de plataformas globales de audio, las radios abrieron en los principios un debate estéril: ¿emitimos también nuestros productos a través de ellas, les cedemos, de alguna forma, nuestros programas o, por el contrario, mantenemos la exclusividad de nuestro propio canal? Adjetivaba ‘estéril’ porque los oyentes son los que marcan, en definitiva, las leyes del consumo y si te van a buscar en Apple podcast o Spotify, y no estás, es, definitivamente, una oportunidad perdida, que se ha llevado otro competidor. Conclusión: hay que estar
Por definición, la radio pública, la de todos, debe apoyar
el canal de difusión de radio gratuito, universal y móvil. E internet no cumple
con estos presupuestos: no es gratuita, es de pago riguroso a final de mes; no
es universal porque aún hay gente a la que no llega o bien no se puede permitir
el lujo de contratarla y es móvil, a medias, con una cobertura insuficiente, en
comparación con la ofrecida por la radio.
Los privados y la emisión online
Los privados (aunque tampoco de forma unitaria) se sitúan en
contra de esta estrategia. Lo vamos a entender mejor con un ejemplo: el
director financiero de una gran cadena de radio vería con buenos ojos,
probablemente, que la migración analógico-digital de la radio estuviera mucho
más avanzada de lo que está hoy en día, después de más de tres décadas de
funcionamiento del canal IP. Si el canal online estuviera en el 80% y la FM se
convirtiera en residual, ¿por qué mantener una costosísima infraestructura de
postes emisores por toda la geografía nacional, si internet nos facilita la
llegada de nuestros productos hasta el oyente, sin necesidad de gastarnos un euro
en alquiler de terrenos, permisos municipales, construcción del centro emisor,
equipamiento técnico (transmisores, antenas, etc.). La cuenta de resultados iba
a agradecer este paso, el abaratamiento de la distribución de contenidos. Pero, ¿cuál sería la contraprestación de esta medida?
¿Para qué la DAB+ si caminamos hacia la radio por internet?
¿Qué necesidad, ante este panorama, que se atisba en
lontananza, de desplegar el DAB+ en España, cuando todo apunta -defienden
algunas voces- a que nos dirigimos hacia este camino, en el que internet se va
a convertir en el gran distribuidor-marco de contenidos audiovisuales, en los
que se incluye la radio y el audio? No seré yo quien niegue con rotundidad que
este escenario no vaya a convertirse en realidad. No es objeto de esta
reflexión negar la mayor, sino analizar otro tipo de circunstancias
relacionadas con el negocio de la radio que hay que tener en cuenta a la hora
de establecer las estrategias necesarias para afrontar el futuro. Además, quien
tiene la última palabra en este proceso de migración analógico-digital es el
oyente, y sus hábitos de consumo, que se dirigirán hacia uno u otro canal en función
de sus propios hábitos y gustos. Este es uno de los argumentos utilizados por
los privados a la hora de cuestionar la oportunidad de apostar por el DAB+ en
nuestro país. Defienden que ya existe casi un 22% de consumo de radio por
internet, registrado por el EGM, y que su evolución es ascendente, frente a la
involución de la FM. Evidentemente, las radios públicas no están de acuerdo con
esta apuesta. Y creen, no solo que el crecimiento del consumo online cuenta con
un ritmo lentísimo, sino que la FM no está de ninguna manera agotada. Y es más:
aunque la tendencia de la FM es a decrecer, en algunas oleadas del EGM sigue aumentando
oyentes.
Cien años de radio difundida por el aire
Desde hace más de cien años, la radio ha sido dueña de su
propio canal, que le ha supuesto, además, una clara diferenciación del resto del
mercado. Primero fueron las ondas largas (OL) y las cortas (OC), luego la onda media
(OM), la frecuencia modulada (FM) y, por último, y hasta la fecha, la DAB y la
DAB+, su evolución. Quien controlaba este canal era la propia radio, cada
cadena gestionaba sus propios postes. Y todo el proceso (producción, emisión y
difusión) quedaba en las manos de la propia industria radiofónica. Con la llegada de internet y el surgimiento de
plataformas globales de audio, las radios abrieron en los principios un debate
estéril: ¿emitimos también nuestros productos a través de ellas, les cedemos,
de alguna forma, nuestros programas o, por el contrario, mantenemos la exclusividad
de nuestro propio canal? Adjetivaba ‘estéril’ porque los oyentes, ya lo he
comentado antes, son los que marcan, en definitiva, las leyes del consumo y si
te van a buscar en Apple podcast o Spotify, y no estás, es, definitivamente,
una oportunidad perdida, que se ha llevado otro competidor. Conclusión: hay que
estar.
Cuestión muy diferente es que les cedamos la codistribución de nuestros productos, cesión que entra dentro de una estrategia del medio para llegar al mayor número posible y potencial de la audiencia, y otra que les regaláramos la exclusividad de nuestros productos en un hipotético escenario en el que la radio suprimiera su emisión hertziana, en beneficio de la distribución exclusiva vía internet.
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| Los dos equipos, en formación, antes de la competición (Imagen creada por IA, gracias a Chat GPT) |
"Quien controla la distribución controla el modelo de negocio"
Un reciente estudio de los profesores e investigadores Francesc Robert-Agell (Universidad Internacional de Catalunya) y Montse Bonet (Universidad Autónoma de Barcelona) defiende que cuando el control del canal lo ejerce una entidad ajena a la industria de la radio deben encenderse todas las alarmas porque de hecho el medio está cediendo el control de su negocio a las plataformas, dependientes de las grandes tecnológicas. Ambos investigadores universitarios tienen muy claro que “quien controla la distribución controla el modelo de negocio". Por si fuera poco, los mismos investigadores, han analizado también el escenario de la evolución de los estudios de audiencia en el futuro, y concluido que las grandes plataformas tecnológicas, las mismas a las que algunos directores financieros delegarían la distribución de su producto, con tal de ahorrarse costes estructurales, “han quebrado el equilibrio del sistema de métricas”, porque su falta de transparencia en la publicación de sus datos de audiencia complican mucho la información requerida por los radiodifusores acerca del consumo de sus productos, para ofrecérsela a las marcas y mantener así su propio negocio.
Luchar por la identidad de la radio, su valor diferencial
No parece un buen negocio aspirar a que el proceso de ‘digitalización’
de la radio española culmine con el apagado de todos los postes de emisión y la
migración de la distribución de contenidos a empresas de terceros con objetivos
empresariales diferentes y hasta competitivos con los de la radio española.
Sería, permítaseme, derogar el sistema de control del canal a través de la
difusión hertziana, en beneficio del enemigo. Visto así, no podría entender,
por mucho ahorro de costes permanentes que se airee, tamaño error estratégico
de una industria que terminara cavando su propia tumba con esta garrafal
decisión. La radio, además, tiene la suerte de contar con un canal alternativo
a internet, que sí es gratuito, universal y móvil. Y exclusivo de la radio, que
no comparte con nadie, más que con la propia industria. Sin duda, un valor
diferencial del medio que lo hace más poderoso frente a una oferta en internet
casi infinita donde la audiencia se diluye en un inmenso océano.
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| ¿Es posible que algún día veamos desmontar estas antenas y suprimir los postes de emisiones de radio, para ser sustituidos por internet? (Fotografía Pexels) |
En cambio, tiene mucho sentido racionalizar los canales de difusión/distribución para ahorrar costes a la industria en el futuro, de manera que quedaran solo dos: el hertziano y el online. Se da la circunstancia además de que es posible que la ‘digitalización’ llegue también a través del éter, con el sistema DAB+ (digital), que están desplegando nuestros vecinos europeos con determinación en estos últimos años. RNE ha tomado el toro por los cuernos, con demasiado retraso acumulado, es cierto, y trabaja ahora mismo en el compromiso adquirido con el Gobierno, y la audiencia, de crear seis nuevas emisoras de difusión exclusiva a través de este estándar técnico.
La radio tiene el mejor producto, el canal y los oyentes
Con todo, la lucha por el canal es un hecho. Google ha
entrado en los coches conectados como un Mihura. Pretende controlar las
pantallas de entretenimiento del futuro, con poder suficiente como para elegir
qué opciones de entretenimiento ofrece a los conductores, priorizando sus propios
productos, o aquellos por los que sus productores paguen más en su taquilla
insaciable. La radio tiene el mejor producto (no olvidemos que el contenido
sigue siendo el rey, aunque la distribución sea, hoy por hoy, la reina), tiene
el canal y tiene los oyentes. Creo que está claro lo que tiene que hacer: luchar
por su incuestionable valor diferencial como medio autónomo por su relevancia e
influencia. Y, desde luego, la digitalización no puede entenderse como una
cesión del control del canal, sino como una coexistencia complementaria con el
canal online, y la adopción de una tecnología digital para asumir la
transmisión hertziana, bajo su control exclusivo. Lo contrario sería el
suicidio. La radio pública lo tiene claro, se debe a los ciudadanos. Es muy esperanzador
que la radio privada haya formado un frente común con los públicos en
defensa de la obligatoriedad de los receptores de FM y DAB+ en los automóviles
comercializados en Europa. Este, y no otro, es el camino: el de la fuerza
incuestionable de toda la radio, unida en torno a su propia identidad.
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